Me ha resultado muy familiar la noticia de la preocupación de una universidad cercana por el marcado absentismo de los estudiantes en la universidad, acelerado desde 2020, pero especialmente en los últimos dos cursos, coincidiendo con la explosión de la inteligencia artificial generativa. Quienes estamos a pie de aula lo vivimos directamente y yo diría que las cifras aportadas incluso se quedan muy cortas si hablamos de las formaciones de ciencias sociales: son muchos más los que no van a clase y faltan mucho más de lo que admiten en el estudio.
Quiero aportar dos hipótesis interconectadas para intentar comprender el fenómeno. Una extrínseca, del mundo que nos rodea hacia la universidad, y la otra intrínseca, resultado de las dinámicas internas de la institución.
La primera la podríamos llamar la hipótesis del "declive de la institución": el absentismo sería reflejo y resultado de la pérdida de legitimidad en general de las instituciones en la época de las comunicaciones inmediatas masivas. Pensémoslo bien: cuatro años de estudios para obtener unas credenciales que, aunque siguen aportando legitimidad a la consecución futura de unas mejores condiciones laborales y de vida en general, contienen una promesa indeterminada que tiene que competir con un mundo en el que se nos vende constantemente la certeza de que los éxitos son muy rápidos, prácticamente inmediatos, que todo se consigue en poco tiempo con estrategias adecuadas. Este aire dominante hace que sea difícil persuadir de la necesidad pausada de la construcción del conocimiento, de la reflexión sobre el saber, de la profundidad necesaria en el ejercicio reflexivo, del trabajo sobre sí mismo. La institución de la universidad, como tantas otras, ve en serio riesgo su legitimidad como templo del conocimiento, espacio de la transmisión del saber, rito de paso hacia una madurez con más garantías de una mejor vida y carrera profesional. Se banaliza. En más de una ocasión se la desprecia. Estaría perdiendo su representación simbólica y su capacidad integradora como institución de la modernidad.
Pero esta imágen de fuera hacia dentro no puede ser una única hipótesis que nos haga caer en el victimismo. Hay dinámicas intrínsecas que también favorecen el declive, en este caso, de la actuación docente del profesorado. Y es que hay que partir de la constatación de que la docencia universitaria está muy devaluada desde dentro. El público debe saber que el sistema universitario de retribuciones, promociones, consolidación de carreras y ascensos no solo no premia la docencia (sea buena o mala), sino que la considera una "carga", eso sí obligatoria, que lastra la productividad académica del personal, orientada casi exclusivamente por las realizaciones en el ámbito de la llamada investigación. En mi universidad se utiliza directamente la expresión burocrática "carga docente". Es algo que tal vez no perciben o conocen directamente los estudiantes, pero tiene un efecto directo fundamental: por un lado, el profesor tiene todas sus energías puestas en el próximo "paper" que tiene que publicar y dar clase le saca de su ensimismamiento y, por otro, y esto me parece más importante, el detalle de la especialización tan específica del último "paper" publicado tampoco puede explicarlo en clase ya que la docencia, al menos en las formaciones de grado, exige unos conocimientos básicos a los que no responden los artículos que publican los académicos. Ya no se publican manuales universitarios, aparte de porque tendrían difícil venta, porque estos están increíblemente excluidos de las retribuciones a la investigación. En fin, esto hace que el profesorado -no todo, obviamente, pues en esta profesión no falta vocación en muchísimos casos- acabe no poniendo el 100% de su energía en las clases y esto, quieras que no, tiene un efecto sobre la reacción de los estudiantes.
Propongo empezar por estas dos hipótesis, pero no podemos quedarnos sin opinar sobre posibles soluciones. Mi primera solución es profundamente ideológica: si queremos volver a ser optimistas sobre la historia, el devenir y el destino de la humanidad, tenemos que reivindicar las instituciones que han articulado el progreso de nuestras sociedades. La universidad ha de ser reivindicada, contra viento y marea, como el templo del saber, de la permanencia y transmisión del conocimiento, de la razón, del debate y de la libre reflexión, sin invenciones (innovaciones) ni relativismos. Hemos llegado a un punto en que no nos basta con dar cuenta de la crisis de nuestras instituciones, hay que volver a legitimarlas porque hoy es evidente que el camino que hemos estado siguiendo en esta postmodernidad nos ha conducido a un mundo mucho peor que en el que se asentaban las instituciones de la modernidad. En segundo lugar, las soluciones prácticas deben asentarse en lo anterior: las reacciones de los estudiantes, y del público en general, son a veces confusas. Muchos reclaman menos clases magistrales, otros precisamente piden que se refuercen. La clase magistral es necesaria, pues en ella radica la legitimadad del profesor como transmisor de conocimiento, pero dotada de las herramientas de la modernidad: la reflexión, el debate, el diálogo, la construcción conjunta de los saberes. Ni más ni menos clases magistrales: se trata de volver a dotarlas de sentido, sin menoscabo de una necesaria aproximación práctica que es la propia del mundo en que vivimos. Se habla también de reacciones coercitivas, como volver al papel manuscrito o al examen oral. Me parece bien, pues afecta a procesos que se están perdiendo con la exigencia constante de inmediatez: la reflexión y la interiorización de conocimientos. Pero, por otro lado, sin exageraciones: leo y veo en compañeros de la universidad reacciones luditas contra la inteligencia artificial y las tecnologías. No podemos tampoco nadar contracorriente, pues esto deslegitima aún más nuestras instituciones. Y finalmente, por no hacerme muy largo, reivindicar las instituciones de la modernidad es también defender su buen funcionamiento: luchar contra las derivas de la burocracia (complejo, ya lo explicó Weber hace más de un siglo) con soluciones que aporten sencillez y claridad, como grados en ciencias sociales de 3 años en lugar de 4, como en la mayoría de países europeos, sistemas de módulos y seminarios, no de "asignaturas" cerradas con grupos masificados (en aulas vacías), planes de estudios elaborados por quienes los llevan a la práctica y no por comisiones opacas, reconocimiento debido de la (buena) actividad docente del profesorado...
El debate está abierto y las soluciones son necesarias.