lunes, 23 de febrero de 2026

La ciencia tampoco debería ser dar palos de ciego

 "Un nuevo estudio vincula la enfermedad de Parkinson con las bacterias intestinales", "Un indicador del Parkinson estaría escondido en el pelo", "Implantan células madre productoras de dopamina en pacientes con Parkinson", y esto solo es un ejemplo de noticias de las últimas horas y días.

Me alegra enormemente que se esté investigando y difundiendo tanto sobre el Parkinson (y sobre tantas otras enfermedades), pero me da la impresión de que buena parte de la ciencia que se financia va continuamente dando palos de ciego y siguiendo vías de conocimiento sin resultados más allá de pequeñas, y tal vez casuales, correlaciones estadísticas. Un asunto cardinal es el interés compartido tantas veces en orientar la investigación a la producción y prueba de medicamentos como único objetivo, y no tanto de la búsqueda y la eficacia de distintos tratamientos, que no siempre tienen que ser farmacológicos.

Tampoco se trata de apostar por una "ciencia lenta" (los pacientes -con un meritorio grado de paciencia- queremos respuestas que, además de servir a las futuras generaciones, nos alcancen a nosotros mismos en vida), sino por la ciencia sin coletillas. Pero la ciencia es un campo complejo, un campo político de intensas luchas de poder entre facciones o camarillas (en el ejemplo, los de neuroimagen apostando por lo suyo, los de las bacterias intestinales por su parte, los de la genética por otro lado...) con diverso capital y formas de movilización del mismo. La cooperación parece difícil, aunque en este ámbito, en medicina y en las ciencias llamadas "duras", no debería serlo ya que para la sociedad está meridianamente claro que los beneficios de la cooperación redundan en el bienestar humano. Pero los egos, las figuras, los intereses económicos también juegan un importante papel en los procesos de la ciencia.

martes, 10 de febrero de 2026

Una nueva mirada al Parkinson: un cambio de paradigma esperanzador

El 4 de febrero de 2026 se publicó en la revista Nature un estudio que me da la impresión, y sin duda la esperanza, de que estamos ante un antes y un después en la forma de entender la enfermedad de Parkinson. El trabajo, fruto de una impresionante colaboración internacional, propone que el Parkinson no es, como se ha asumido durante décadas, únicamente un trastorno del movimiento centrado en los ganglios basales y la dopamina, sino un problema de red cerebral, con un nuevo protagonista: la SCAN (Somato‑Cognitive Action Network).

A continuación, cuento algunas cosas fruto de la lectura emocionada de estos últimos resultados (ayudado por diversas fuentes que enlazo al final y la inestimable ayuda de una IA generativa):

La red SCAN, definida en otro artículo en Nature de 2023, es un sistema cerebral que integra movimiento, cognición y funciones automáticas. El estudio viene a demostrar que, en las personas con Parkinson, esta red presenta una hiperconectividad anómala con zonas profundas del cerebro.

Este hallazgo desplaza el foco del modelo clásico centrado en la degeneración dopaminérgica, y que justifica el principal enfoque farmacológico de los tratamientos realizados hasta ahora, hacia una visión que implica fallos en redes más amplias del cerebro.

Los autores lo plantean de forma contundente: el Parkinson es un trastorno SCAN, es decir, un problema de la dinámica entre esta red y las estructuras profundas con las que se comunica. Hay, no obstante, algo interesante: el hallazgo afirma que los tratamientos actuales (farmacológicos, cirugía u otros más recientes, como ultrasonidos) funcionan, pero no por la generación de dopamina que desencadenan sino porque, sin saberlo, están reduciendo la hiperconectividad patológica. Dicho de otro modo, los tratamientos del Parkinson, sin saberlo del todo (hasta ahora), están "normalizando la red". 

Pero aquí está el quid de la esperanza que genera este descubrimiento y redefinición: defiende que el tratamiento que realmente va a atacar el problema es el de las técnicas de estimulación cerebral no invasivas mediante ultrasonidos que, correctamente aplicadas a los nodos de la red SCAN (y no donde se estaba aplicando hasta ahora) muestra mejoras muy significativas tanto en síntomas motores como cognitivos.

Esta redefinición de la enfermedad de Parkinson entra dentro de lo que en La estructura de las revoluciones científicas Thomas Kuhn denominó un cambio de paradigma. El viejo paradigma, según los autores del descubrimiento, no explicaba por qué el Parkinson también afecta a la cognición, al sueño, al estado anímico..., por qué algunos síntomas no responden igual que otros a la medicación. Para mí, me parece que este cambio es tan revolucionario como el que Kuhn describe con el descubrimiento del oxígeno y la superación de la teoría del flogisto. Y, a su vez, tiene los mismos riesgos: el tratamiento del Parkinson está clarísimamente dominado por una potente industria farmacéutica que domina la producción y distribución de un amplísimo cóctel de medicamentos antiparkinsonianos. La reina del baile es la levodopa (cada paciente consume entre tres y cinco pastillas diarias) y, aunque el estudio no indica que su acción sea completamente desacertada, el cambio de paradigma que conduce hacia otras terapias me parece que pone en riesgo la posición de estos tratamientos farmacológicos en este particular mercado.

Todo está por ver, pero es significativo que las técnicas no invasivas mediante ultrasonidos, que llevan años en desarrollo, no se hayan extendido lo suficiente hasta ahora y que, en cambio, el enfoque siga siendo hasta hoy farmacológico y, en menor medida, quirúrgico. Será importante ver las resistencias (como viejos teóricos del flogisto) que puedan poner a este revolucionario desarrollo los defensores de la perspectiva farmacológica.

Es momento de celebración, por un lado, para la ciencia, por seguir activa buscando ir más allá de las anteriores fronteras y abrir la mirada a nuevas perspectivas que expliquen lo hasta ahora inexplicable. Por otro lado, es momento de alegría y esperanza para los pacientes, aunque también de vigilante atención y reivindicación, para que se introduzcan en nuestros sistemas sanitarios las terapias que se están demostrando como más efectivas. Que sigan investigando, pero también que se siga invirtiendo en tratamientos que ayuden a esta enfermedad.

Artículo original: https://www.nature.com/articles/s41586-025-10059-1

Enlaces de interés:

https://isanidad.com/359770/identifican-red-cerebral-responsable-enfermedad-de-parkinson/

https://sciencemediacentre.es/estudian-el-papel-de-una-nueva-red-cerebral-en-la-enfermedad-de-parkinson

https://www.scientificamerican.com/article/extraordinary-brain-network-discovery-changes-our-understanding-of/

martes, 25 de noviembre de 2025

"La Haine" 30 años después

 Ayer volví a ver, después de muchos años, la película de La Haine, dirigida hace ya 30 años por el jóven Mathieu Kassovitz. Fue en su día una película de referencia, que sacó a la luz de una forma muy efectiva, por lo directo y crudo del mensaje, la problemática de las banlieues populares en Francia: un fenómeno de segregación urbana al que no escapa la mayoría de las ciudades europeas, pero muy marcado especialmente por un tipo de urbanismo específico desarrollado en Francia, los grands ensembles, que acabó reuniendo en espacios ampliamente degradados a hijos de la inmigración, el fracaso escolar, la discriminación laboral y étnica, la pobreza, la exclusión, la drogadicción, la delincuencia... Menudo cóctel.

La sociología francesa ha dedicado décadas de trabajos en profundidad al estudio de las banlieues, estudiando tanto a los jóvenes de los barrios como también a los policías que operan en las cités. Desde los años 1980 las banlieues fueron objeto de recurrentes noticias por períodicos estallidos de violencia (La Haine se inspira en uno de estos episodios), aunque también por sus reacciones políticas: cómo no recordar a Nicolas Sarkozy cuando, siendo Ministro del Interior, llamó a los chicos de la banlieue "bande de racaille" ("chusma") a la que él iba a "nettoyer au Karcher" ("limpiar con la Karcher (sic.)"). Con menos foco mediático, no obstante, las banlieues han sido objeto, también en las últimas décadas, de procesos de renovación urbana, rehabilitación y demolición de edificios insalubres, así como de los proyectos más amplios de remodelación del paisaje urbano como la faraónica extensión del metro de París que actualmente se está llevando a cabo, que obviamente tendrá consecuencias sobre los entornos urbanos más degradados.

¿Está La Haine de actualidad? Me de la impresión de que no de la misma manera que en décadas pasadas. No porque el problema se haya resuelto (ciertamente no), sino precisamente porque en nuestras sociedades europeas se está intentando tapar el fenómeno de la exclusión y la segregación urbana, como si no ocurriera, como si los mismos procesos no se estuvieran reproduciendo igual que hace 30 años o incluso de forma más profunda. Esto es muy importante, y es que creo que el foco está cambiando peligrosamente de lugar. La segregación urbana está tan estrechamente vinculada a la inmigración, que una alternativa sería mantener el silencio sobre el problema para mantener el mito del "muro de contención" de la politización de la inmigración. Pero esto ya no funciona: es cosa de ver las últimas encuestas en Cataluña para hacese una idea. El problema es que, ante este panorama, ver a las víctimas de la segregación urbana como en La Haine puede ser tachado de miserabilismo, de ponerse del lado de los "delincuentes callejeros que siembran el terror en nuestras ciudades" (sic.). Si ya hace 20 años de la "racaille" de Sarkozy, ¿qué no será hoy cuando está extendiendose por toda Europa un malestar egoista contra los "perdidos" de la segregación urbana?

Dicho esto, vale mucho la pena (volver a) ver La Haine. A mí los personajes tampoco me resultan empáticos (algunas veces Saïd, algunas veces Hubert, nunca Vinz), pero la complejidad de la realidad que reflejan deja muchas puertas abiertas a la reflexión. 30 años después, con una estética, eso sí, bien diferente, con referentes culturales de otro tiempo, es una película a la que merece aproximarse, especialmente para verla con una mirada sociológica de su época y también de la época actual.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Los "intelectuales" de la universidad

Dominique Schnapper en su libro de memorias Travailler et aimer cuenta una anécdota que le ocurre a ella y a su padre, Raymond Aron, en pleno mayo del 68 (la traducción es mía):

"Mi situación en el Centro, entre Aron y Bourdieu, era evidentemente muy poco confortable. Escuchaba con indignación ese lenguaje revolucionario, cuando todos nosotros eramos pequeños burgueses más o menos acomodados, instalados en el confort de la función pública para el resto de nuestras vidas, alimentados por la República y perfectamente libres de criticarla. Me sentía muy ajena al movimiento en la forma que tomaba, por lo menos dentro de los laboratorios de ciencias sociales [...] Episodio cómico: en medio de la "revolución", Edgar Morin le pidió una cita a Raymond Aron. Yo me preocupé un poco, porque Edgar Morin estaba en el centro del movimiento. Mi inquietud era completamente infundada: ¡vino a contarle sus problemas de carrera en el CNRS! Era ligeramente surrealista para un "revolucionario"... [...] Me indignaba, por mi propia concepción de la sociología, al ver a mis colegas participar directamente en ese movimiento, como si su práctica profesional no sirviera más que para dar argumentos a la "revolución" en lugar de relativizarla, apreciarla, criticarla y comprenderla. Incluso algunos de ellos no dudaban en afirmar que su actividad de investigadores les hacía participar en la revolución en curso, que luchaban con las "masas", las "clases desfavorecidas" y los "dominados" contra los "dominantes". Cuando tenían preocupaciones profesionales, contaban que era por culpa de la tiranía del gobierno, ¡cuando en aquella época se promocionaba en el mundo académico siendo de izquierdas o comunista! En fin, me parecía que ahí había una mala fe bastante insoportable" (pp. 58-60)

Me parece que esto nos enseña que hay que fiarse más bien poco, o nada, de las cuitas y luchas que involucran a los académicos, especialmente en las ciencias sociales. Detrás de intereses de supuesta justicia, o de "mejorar el mundo", la mayoría de las veces no hay más que luchas de egos, preocupaciones de promoción y ascenso y mucho, mucho egoísmo.

martes, 11 de noviembre de 2025

jueves, 6 de noviembre de 2025

¿Cómo es que el cine sigue siendo igual que hace 20 años?

Durante algunas épocas de mi vida fui habitual de las salas de cine. Particularmente entre 2006 y 2007, los años en que estuve acabando mi tesis doctoral en París, fui prácticamente al cine cada día, disfrutando muchas tardes de dos sesiones seguidas, e incluso alguna vez de tres. En aquellos años lo ví todo o prácticamente todo. Realmente era el momento propicio: la oferta de cine de París era entonces (ahora no lo sé, la verdad) espectacular, inigualable, inacabable, mundial... Se podía ver cine de todas partes del mundo, de todas las épocas, la red de salas de cine era impresionante y las opciones de abonos para usuarios frecuentes eran tan beneficiosas que tenían que aprovecharse. Cada entrada salía para un abonado frecuente por una cantidad irrisoria si, como era mi caso, consumía unas 20 películas al mes, si no más. Era una válvula de escape magnífica, tras jornadas de trabajo pegado al ordenador escribiendo, pasar la tarde-noche entera en el cine. Vaya si aproveché la ocasión aquellos años.

Después, al regresar a España, bajé el ritmo. Ni la oferta de Madrid, y después de Barcelona, es la misma, ni aquí han existido nunca los abonos de los que disfruté en París. Aún así, seguí yendo al cine con bastante frecuencia hasta exactamente el año 2013, cuando nació mi hijo. Entonces dejé completamente de ir al cine y después, con los años, pasé a consumir productos audiovisuales y cine infantil, que tampoco está nada mal. Son épocas de la vida.

El caso es que la otra tarde volví al cine, a una de las pocas salas de referencia que quedan en Barcelona. Lo viví como algo importante: una especie de regreso a las raices. La primera constatación es que el cine estaba casi vacío: eramos cuatro gatos en la sala, todo un viernes por la tarde. Todos los presentes peinando canas. Salvo una pareja más jóven, que rondaría los 40, yo creo que era uno de los más jóvenes entre las alrededor de 15 personas que estábamos allí.

Pero lo que más me sorprendió, y es donde quería llegar, es que, leyendo las descripciones y viendo los trailers de las películas que se ofertaban, viendo los anuncios de las películas que se anuncian para las próximas semanas y meses y la propia película que elegí, es tener una tremenda e incómoda sensación de déjà vu. Casi 20 años después de la gran inmersión en el cine parisino, tuve la impresión de que las narraciones, las problemáticas, los personajes, los escenarios y las escenas, los contextos, las formas de actuar, los lenguajes, la música, los guiones... son los mismos que yo consumía hace 20 años. ¡Hasta la sintonía del programa Europa Cinemas es la misma! ¿Se ha quedado el cine anquilosado? Tuve una desasosegante sensación de que el tiempo no había pasado. Allí estaba yo, viendo una película de hoy... contada igual que hace 20 años. Me parece que pocos ámbitos de nuestra sociedad pueden decir lo mismo. Eso sí, tiene pinta de que a las nuevas generaciones el consumo de este tipo de producto cultural no les interesa demasiado. En fin.. volveré al cine, porque es siempre una magnífica experiencia, pero espero que no vuelva a ser otro viaje igual en el túnel del tiempo, que ni siquiera evoca nostalgia.