miércoles, 29 de abril de 2026

Hipótesis sobre el absentismo en la universidad

Me ha resultado muy familiar la noticia de la preocupación de una universidad cercana por el marcado absentismo de los estudiantes en la universidad, acelerado desde 2020, pero especialmente en los últimos dos cursos, coincidiendo con la explosión de la inteligencia artificial generativa. Quienes estamos a pie de aula lo vivimos directamente y yo diría que las cifras aportadas incluso se quedan muy cortas si hablamos de las formaciones de ciencias sociales: son muchos más los que no van a clase y faltan mucho más de lo que admiten en el estudio.

Quiero aportar dos hipótesis interconectadas para intentar comprender el fenómeno. Una extrínseca, del mundo que nos rodea hacia la universidad, y la otra intrínseca, resultado de las dinámicas internas de la institución.

La primera la podríamos llamar la hipótesis del "declive de la institución": el absentismo sería reflejo y resultado de la pérdida de legitimidad en general de las instituciones en la época de las comunicaciones inmediatas masivas. Pensémoslo bien: cuatro años de estudios para obtener unas credenciales que, aunque siguen aportando legitimidad a la consecución futura de unas mejores condiciones laborales y de vida en general, contienen una promesa indeterminada que tiene que competir con un mundo en el que se nos vende constantemente la certeza de que los éxitos son muy rápidos, prácticamente inmediatos, que todo se consigue en poco tiempo con estrategias adecuadas. Este aire dominante hace que sea difícil persuadir de la necesidad pausada de la construcción del conocimiento, de la reflexión sobre el saber, de la profundidad necesaria en el ejercicio reflexivo, del trabajo sobre sí mismo. La institución de la universidad, como tantas otras, ve en serio riesgo su legitimidad como templo del conocimiento, espacio de la transmisión del saber, rito de paso hacia una madurez con más garantías de una mejor vida y carrera profesional. Se banaliza. En más de una ocasión se la desprecia. Estaría perdiendo su representación simbólica y su capacidad integradora como institución de la modernidad.

Pero esta imágen de fuera hacia dentro no puede ser una única hipótesis que nos haga caer en el victimismo. Hay dinámicas intrínsecas que también favorecen el declive, en este caso, de la actuación docente del profesorado. Y es que hay que partir de la constatación de que la docencia universitaria está muy devaluada desde dentro. El público debe saber que el sistema universitario de retribuciones, promociones, consolidación de carreras y ascensos no solo no premia la docencia (sea buena o mala), sino que la considera una "carga", eso sí obligatoria, que lastra la productividad académica del personal, orientada casi exclusivamente por las realizaciones en el ámbito de la llamada investigación. En mi universidad se utiliza directamente la expresión burocrática "carga docente". Es algo que tal vez no perciben o conocen directamente los estudiantes, pero tiene un efecto directo fundamental: por un lado, el profesor tiene todas sus energías puestas en el próximo "paper" que tiene que publicar y dar clase le saca de su ensimismamiento y, por otro, y esto me parece más importante, el detalle de la especialización tan específica del último "paper" publicado tampoco puede explicarlo en clase ya que la docencia, al menos en las formaciones de grado, exige unos conocimientos básicos a los que no responden los artículos que publican los académicos. Ya no se publican manuales universitarios, aparte de porque tendrían difícil venta, porque estos están increíblemente excluidos de las retribuciones a la investigación. En fin, esto hace que el profesorado -no todo, obviamente, pues en esta profesión no falta vocación en muchísimos casos- acabe no poniendo el 100% de su energía en las clases y esto, quieras que no, tiene un efecto sobre la reacción de los estudiantes.

Propongo empezar por estas dos hipótesis, pero no podemos quedarnos sin opinar sobre posibles soluciones. Mi primera solución es profundamente ideológica: si queremos volver a ser optimistas sobre la historia, el devenir y el destino de la humanidad, tenemos que reivindicar las instituciones que han articulado el progreso de nuestras sociedades. La universidad ha de ser reivindicada, contra viento y marea, como el templo del saber, de la permanencia y transmisión del conocimiento, de la razón, del debate y de la libre reflexión, sin invenciones (innovaciones) ni relativismos. Hemos llegado a un punto en que no nos basta con dar cuenta de la crisis de nuestras instituciones, hay que volver a legitimarlas porque hoy es evidente que el camino que hemos estado siguiendo en esta postmodernidad nos ha conducido a un mundo mucho peor que en el que se asentaban las instituciones de la modernidad. En segundo lugar, las soluciones prácticas deben asentarse en lo anterior: las reacciones de los estudiantes, y del público en general, son a veces confusas. Muchos reclaman menos clases magistrales, otros precisamente piden que se refuercen. La clase magistral es necesaria, pues en ella radica la legitimadad del profesor como transmisor de conocimiento, pero dotada de las herramientas de la modernidad: la reflexión, el debate, el diálogo, la construcción conjunta de los saberes. Ni más ni menos clases magistrales: se trata de volver a dotarlas de sentido, sin menoscabo de una necesaria aproximación práctica que es la propia del mundo en que vivimos. Se habla también de reacciones coercitivas, como volver al papel manuscrito o al examen oral. Me parece bien, pues afecta a procesos que se están perdiendo con la exigencia constante de inmediatez: la reflexión y la interiorización de conocimientos. Pero, por otro lado, sin exageraciones: leo y veo en compañeros de la universidad reacciones luditas contra la inteligencia artificial y las tecnologías (solo cuando las usan los estudiantes, no si sirven para ayudar en los "papers"). No podemos tampoco nadar contracorriente, pues esto deslegitima aún más nuestras instituciones. Y finalmente, por no hacerme muy largo, reivindicar las instituciones de la modernidad es también defender su buen funcionamiento: luchar contra las derivas de la burocracia (complejo, ya lo explicó Weber hace más de un siglo) con soluciones que aporten sencillez y claridad, como grados en ciencias sociales de 3 años en lugar de 4, como en la mayoría de países europeos, sistemas de módulos y seminarios, no de "asignaturas" cerradas con grupos masificados (en aulas vacías), planes de estudios elaborados por quienes los llevan a la práctica y no por comisiones opacas, reconocimiento debido de la (buena) actividad docente del profesorado...

El debate está abierto y las soluciones son necesarias.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Considero necesario aportar una visión más amplia como estructural, atrevasada por la vivencia de una estudiante de sociología (UAB). Puedo confirmar que el absentismo es un fenómeno multifactorial, que no es ni del desinterés particular del alumnado ni de un supuesto envejecimiento del modelo institucional de la academia, aunque puedan ambos factores también contribuir cada uno en su medida. Realmente hablamos de barreras estructurales profundas y relacionadas.

Las barreras principales son materiales y logísticas: existe una dependencia mayoritaria del transporte público, muchos alumnos deben hacer distancias largas que obligan a una gestión del tiempo extenuante, muchas veces con incapacidad de cobertura para mantener el ritmo constante que pide la academia inclusive entre trasbordos. A esto se le suma la precariedad económica: según la UAB, un 40% de los estudiantes compagina formación y empleo. Empleo que muchas veces es mal pagado y el alumno ve el grado como una insignia transaccional para, supuestamente, tener un empleo seguro con un buen salario en un mercado tan competitivo y flexibilizado, que muchas veces no le será posible conseguir.

El mercado laboral precarizado, los salarios bajos de los jóvenes y la tasa de emancipación juvenil han disparado de manera paralela una corrosión de la salud mental estudiantil, como de lazos colaborativos, una tendencia que tiene especial repercusión tras la pandemia. Vivimos en un urbanismo, además, que expulsa a los ciudadanos hacia la periferia, dificultando el acceso a los servicios del centro.

En conclusión, la universidad, como institución atravesada por las lógicas del mercado, está sufriendo las externalidades y errores que el propio sistema productivo genera en la juventud. No es una crisis de ganas, es una crisis de condiciones de vida.

Anónimo dijo...

Muchas gracias por su comentario y la aportación de otras ideas interesantes que pueden servir de factor explicativo. El del transporte, no obstante, no lo acepto. Es una mala excusa. Estudié en la universidad haciendo durante 4 años más de 3 horas de transporte público para ir a clase: 1h30 a 1h45 de ida y similar de vuelta, con autobús interurbano, transbordo a metro y transbordo a autobús urbano, 4 o 5 días a la semana. Entraba a clase a las 8:30 y me levantaba cada mañana a las 6 de la mañana. No volvía a casa hasta bien entrada la tarde. Si en los años 90 era posible hacerlo, ¿por qué ahora no? El resto de factores, interesantes para el debate.