miércoles, 1 de abril de 2020

Emociones en el encierro

Hace unos años que me inserté en el mundillo de la llamada "sociología de las emociones". Para cualquiera puede ser otro subcampo de los muchos que florecen en la sociología, pero para mí siempre tuvo gran interés como parte de la observación de la interacción social. Todo empezó observando las colas en las oficinas de extranjeros, mirando las caras, escuchando las expresiones de aquellas personas que esperaban para recoger sus documentos y permisos de residencia. Seguí interesado en las emociones cuando observé la interacción con los funcionarios en las oficinas de la Seguridad Social, observando de nuevo las miradas, los gestos, escuchando las palabras de las personas que acudían a las oficinas a reclamar su pensión, una baja temporal o cualquier otra prestación social. Todo ello era un entorno de emociones organizadas y organización de las emociones, parafraseando un excelente libro que se publicó hace ahora una década. Se trataba de emociones (la angustia, la humillación, la vergüenza, el alivio...) que tenían que ver con la relación desigual entre el ciudadano o aspirante a ciudadano y la burocracia, las instituciones del Estado, que "dan", "conceden" o, a lo sumo "reconocen" bienes, derechos o prestaciones.

Luego di un salto tremendo al pasar a estudiar las emociones como discurso social. Salí del ámbito de lo que uno experimenta en la interacción y pasamos al entorno del "deber ser". El discurso sobre la felicidad, en la sociedad que se desvanece con la hecatombe actual, se había consolidado como una de esas supercherías baratas para que la gente olvidara las desigualdades e injusticias sociales, las humillaciones cotidianas, la falta de humanidad de una sociedad camino del despeñadero. Estudiamos la "industria de la felicidad", en el marco de la mercantilización de las emociones, idea que planteó hace muchos años la propia Arlie Hochschild, y descubrimos la potenciación radical del individuo que puede comprar la felicidad (obviamente, aquél con dinero para hacerlo, pues las recetas para la felicidad son bastante costosas) y un utilitarismo exacerbado, donde las relaciones sociales solo tienen valor en cuanto que aportan al individuo felicidad, nunca por sí mismas. Una filosofía de vida radicalmente utilitarista e individualista, la verdad, bastante despreciable, pero que había ido haciéndose un hueco importante en nuestra sociedad hasta la actualidad.

Ahora que nos encontramos encerrados en casa, hablar de felicidad en estos términos, pensando en la importancia de hacer sociedad cuando buena parte de nuestras relaciones sociales están en suspenso, resulta un tanto limitado. Lo es, sobre todo, si no tenemos en cuenta todo el conjunto de emociones que puede estar habiendo detrás de las experiencias de todos y cada uno de nosotros en el encierro en nuestras casas. ¿Se puede seguir siendo feliz en esta situación de confinamiento? Por supuesto, pero esto ya no es una cuestión de discurso, es una realidad que hay que observar a partir de la experiencia: la felicidad no se produce aisladamente de emociones socialmente construidas como el sufrimiento, la angustia, el dolor, el duelo, y también, claro está, la alegría, el cariño, el amor (tenemos la suerte en español de añadir este magnífico matiz entre cariño y amor del que carecen los anglosajones)... y también la propia felicidad. De algún modo, el confinamiento me lleva a otro salto en mi interés por las emociones: no es épocas de discursos y productos enlatados, es hora de observar las emociones en el momento en que se producen.

El ejercicio no es sencillo: una persona pasa durante unas pocas horas por fases diversas en términos de sentimientos: angustia por no llegar a realizar todas las actividades en el trabajo en casa, pena y dolor por seres queridos que están sufriendo, duelo por conocidos que se han ido, más angustia por el futuro, no muy lejano, sino muy próximo (mañana, dentro de dos días...), alegrías que aportan los hijos, amigos, vecinos o familiares en diversos momentos del día, alivio por sentirse sano y acompañado, cariño y amor de las personas más queridas, felicidad por sentir una vida plena... Todo ello se entremezcla. En ocasiones pueden más unas emociones que otras. La angustia del que ha perdido sus recursos será probablemente más recurrente que la de quien tiene una vida más acomodada, el cariño puede tener un efecto profiláctico ante situaciones de dolor, sufrimiento o duelo... Es importante observar todo esto a nuestro alrededor, y hacer algo por ello. La sociología tiene los instrumentos adecuados: hablar, comunicar, preguntar, narrar, observar... en nuestro entorno más cercano, en nuestra red social, entre nuestros estudiantes, compañeros, y más allá. Tenemos técnicas como el grupo de discusión que hoy se puede hacer online en un contexto, no solo que lo potencia, sino que lo deja como única alternativa de reunión. Pero no solo: notas personales y diarios del confinamiento serán fuentes imprescindibles de información para narrar este momento de la historia y para empezar a definir qué sociedad construiremos en el futuro, esperemos que con menos discursos sobre las emociones y con más conciencia de su lugar fundamental en la interacción social y en lo que supone hacer sociedad.

martes, 31 de marzo de 2020

La destrucción de la sociedad

Tarde o temprano nos llegará a todos, en estos días terribles, la situación de conocer o tener cerca un caso de una persona de entre la lista de anónimos que están muriendo. Son personas que mueren en los hospitales, acompañados de un personal sanitario que hace todo lo que puede, en términos médicos y emocionales, alejados de sus familias, que no pueden verles ni despedirse en ese último momento, y que lo tienen imposible para enterrar a sus muertos como Dios manda. Son familiares que esperan la noticia encerrados en sus casas, sin poder ir corriendo en ese último momento al hospital a ver a su ser querido en el final de su vida. Son personas y familias religiosas a las que se les hurta una última ceremonia fúnebre. Pienso que todo esto nos conduce a la destrucción de la sociedad.

En España, como en otros países, se ha prohibido acompañar y visitar a los enfermos en los hospitales, se han prohibido los funerales, y los entierros o actos fúnebres solo pueden hacerse con tres personas presentes y alejadas entre sí. Todo por motivos sanitarios legítimos, sin duda. Pero la principal reflexión que yo hago es que estamos ante la parte más dramática de un proceso de destrucción de las relaciones sociales. La sociedad se hace mediante la interacción, se hace mediante rituales y convenciones sociales. Unas entre las más potentes, ineludibles y, diría yo, imperdonables, es acompañar a los enfermos y despedir dignamente a los muertos. Pues bien, todo esto se acaba con las medidas actuales.

Se puede pensar que es algo temporal, que la normalidad de la sociedad volverá pronto, pero estamos hablando de miles de personas que han fallecido a lo largo del último mes, y los que quedarán en los próximos, que se habrán ido sin que sus familiares tuvieran derecho a esas interacciones necesarias para expresar el dolor, el cariño, el sufrimiento, el alivio... y todas aquellas emociones socialmente construidas que las convenciones sociales han cristalizado como formas básicas de la interacción en nuestra sociedad. Dignificar la vida, a través de los rituales de la muerte, es esencial para nuestra propia supervivencia. Sin ello, entramos en un camino imparable hacia el despeñadero y la destrucción de la sociedad.

Sin embargo, es mi intención en estas notas del blog no acabar con un mensaje únicamente negativo. Saldremos de esta y, al igual que en la anterior nota sobre la escuela, la salida ha de ser dignificar muchísimo más las instituciones de nuestra sociedad. Habrá que volver a valorar la importancia que tienen los rituales de la vida y las interacciones sociales más básicas, con mucho más vigor y humanidad y, no olvidando jamás los tiempos oscuros en los que nos estamos sumiendo, poner por delante todo aquello que realmente hace sociedad.

domingo, 29 de marzo de 2020

La escuela: la institución

Hace unos años el sociólogo francés François Dubet publicó un libro traducido en español como "El declive de la institución" que tuve ocasión de reseñar en la REIS hace ya 17 años (¡Madre mía!). Ahí Dubet planteaba el declive de la consideración social en las sociedades contemporáneas de las profesiones dedicadas a instituir, es decir, a enseñar y a cuidar, como son los médicos, enfermeras y maestros. Venía a decirnos que, aunque estas profesiones habían sido claves en la constitución de las sociedades modernas, en las últimas décadas habían entrado en crisis y habían comenzado a verse fuertemente cuestionadas por la sociedad. En principio, en términos profesionales y salariales, con una pérdida de consideración, estatus y retribución acorde con su responsabilidad. Pero además, el declive de la institución venía por parte de la sociedad en sí misma, tan reflexiva ella (nótese el sarcasmo, hablaremos de ello en los próximos días...), que les había perdido el respeto y cuestionaba directamente su utilidad en la sociedad. ¡Cuántas veces se ha oido criticar a los maestros y sus tres (sic.) meses de vacaciones! ¡Cuántas veces se culpa a los médicos de fatalidades de la vida, que no saben hacer su trabajo o son directamente negligentes! Pues bien, era muy interesante cómo Dubet mostraba la dureza de estas profesiones, cómo se vivía la crítica desde dentro, pero a su vez daba por hecho un marco mental que hoy se ha venido abajo.

Hoy los médicos y profesionales sanitarios son los héroes de la sociedad. Ya veremos si eso lo acaban notando en sus salarios, pero esto es otra historia para cuando acabe esta pesadilla. Hoy, en realidad, quería centrarme en los que, en la etimología de la palabra, se dedican a instituir: los maestros. En francés para hablar de los maestros se usa, de hecho, la palabra instituteur-institutrice, términos -sobre todo el de institutriz- que están también en nuestro diccionario.

Se dice que estos días, al confinarnos en casa y cerrar las escuelas, nos hemos convertido en los maestros de nuestros hijos. Pero esto no es cierto, porque es imposible: nos falta lo más importante, que es la institución. No podemos ser maestros sin escuela. Esto no consiste en hacer deberes y tener una interacción virtual con los maestros, que, por otra parte, están también haciendo un esfuerzo titánico desde sus casas para mantener la chispa de la institución. Pero todo esto nos hace descubrir la inmensidad de su profesión de educadores, de institutores, de formadores de personas para la sociedad. Y a esto se añade la importancia de la institución de la escuela en sí, como lugar de socialización, de encuentro intergeneracional e intrageneracional, de relación con los iguales, en definitiva, como templo del saber, de la formación y de la construcción de la participación en la sociedad. De la ciudadanía, para ser rimbombantes, aunque en estos tiempos no toca serlo.

Y esto me produce, en fin, muchísima tristeza. ¿Qué va a ser de estos millones de niños que habrán perdido meses de escuela, de institución? Se habla de que los que menos tienen son los que se verán, sin duda, más afectados, y es del todo cierto. Algunos podemos transmitir saberes a nuestros hijos que otros, o no tienen, o no tienen tiempo o manera de hacerlo efectivamente. Pero afectará a todos. ¿Qué va a ser de esta generación que, durante un período importante de su infancia, no habrá podido ir a la escuela?

Saldremos de esta -eso dicen, aunque no todos, eso ya está claro-, y cuando salgamos la sociología tiene que servir para algo más que para decir cosas como las que hemos oído y leído en las últimas décadas, que si la "modernidad reflexiva", que si el "declive de la institución". Todo esto se ha acabado: si no salimos afirmando categóricamente que la escuela es la institución entre las instituciones, no valdrá la pena vivir en la sociedad que tengamos que refundar en el futuro más próximo.

sábado, 28 de marzo de 2020

Con el coronavirus, vuelta a los cuadernos de bitácora

Los cuadernos de bitácora virtuales o, en lenguaje más modernillo, los blogs (palabra que ya incluyó la Real Académica en su diccionario) han vuelto con la crisis del coronavirus. Tuvieron su momento de auge a principios de los 2000 (yo mismo abrí este espacio por aquellas fechas, aunque solo queden archivos desde 2008) pero fueron relegados años después por el auge de Facebook (podías escribir, aunque más breve y añadiendo una foto, que quedaba muy cuqui) y posteriormente de las barras de bar de borrachos que son las "redes sociales" actuales: Twitter, o "a ver quién la suelta más fuerte en el menor número de palabras posible", o Instagram (aquí ya me pilla la barrera generacional: admito que no entiendo para qué sirve ni qué aporta esa "red social"). Salvo de la quema a Youtube, que junto con el auge de personas que van por el mundo hablándoles solos a una cámara (¿cuántas veces se habrán chocado con farolas por no ir mirando donde uno debería mirar?), incluye documentos gráficos e históricos de enorme valía, desde el entretenimiento más puro hasta excelentes documentos históricos (por ejemplo, las imágenes del juicio sumarísimo a Ceaucescu, el asesinato de Lumumba y el ascenso al poder de Mobutu, por no citar más que dos casos que me vienen a la cabeza).

Bueno, pues sí, he visto en estas ya más o menos entre dos y tres semanas que llevamos confinados en España y buena parte del mundo que están volviendo los blogs. La explicación rápida debe ser que ahora ya no tenemos tanta prisa, tenemos tiempo por delante para pensar y más de uno he razonado que qué mejor terapia, o simplemente actividad, que volcar estos pensamientos y reflexiones en ese viejo instrumento, que nunca murió, que son los blogs. Pero yo creo que el regreso al blog (y también a Facebook, a quien le auguro una segunda juventud con el coronavirus) pasa por algo más, en los tiempos tan rápidos que vivimos. Lo cuento a partir de una observación personal: yo empecé estos días intentando obtener información por Twitter. A mí Twitter me genera una doble reacción: me parece interesante como medio de información rápida y me produce gran rechazo la "barra de borrachos" siempre dispuestos a opinar de cualquier cosa. A veces me puede más una cosa y lo sigo, y otras me surge el desprecio y lo dejo de consultar, incluso durante meses. Pues bien, como decía, seguí mucho Twitter, a primeros de marzo, ante la creciente preocupación por el coronavirus. Incluso me activé participando y escribiendo mis comentarios. Pero de unos días a ahora, sinceramente, ya no puedo más. Es un ciclo, lo sé, pero como muchos otros redescubro la necesidad de escribir algo más y aquí está el blog.

En los próximos días quiero publicar reflexiones sobre diversidad de temas. Como entre otras cosas me he convertido en maestro de mis hijos, quiero escribir sobre la importancia de la escuela como institución, ahora que la echamos tanto de menos. Paradojas de la vida, un terreno, la "sociología de la educación" del que no tengo especiales conocimientos, ahora atrae toda mi atención. Pero espero no quedarme aquí: quiero escribir sobre emociones, sobre miedo, soledad, comunicación virtual. Ya veremos qué sale.

martes, 2 de julio de 2019

Investigando sobre asociaciones de inmigrantes (2004-2019)

Se acaba de publicar en Migraciones un artículo que tiene un especial valor para mí:

Ferrás Murcia, M.; Martín Pérez, A. (2019). Asociaciones de inmigrantes y participación política como sociedad civil: un estudio de caso en Barcelona. Migraciones, 46, 179-204. DOI: https://doi.org/10.14422/mig.i46.y2019.007

Es un artículo que pretende renovar el análisis sobre el papel de las asociaciones de inmigrantes como canales para la integración y la participación política en las sociedades de instalación. En él pone en diálogo la literatura sobre la cuestión, especialmente la desarrollada en España, con un estudio de caso basado en varias experiencias de carácter etnográfico en el entorno asociativo de la inmigración en Barcelona. La investigación y el trabajo de campo es de la principal autora, Montse Ferrás, y mi contribución se refiere principalmente al vínculo con los análisis realizados anteriormente en España sobre las asociaciones de inmigrantes.

Años después de los primeros análisis, aunque nos encontramos un escenario de relación subordinada entre asociaciones e instituciones parecido al reflejado en la literatura anterior, emergen algunas novedades: la consolidación de liderazgos asociativos más fuertes, relaciones más intensas con instituciones, partidos políticos y con los gobiernos de los países de origen, mayor cooperación entre organizaciones y una mirada hacia el futuro para llegar a convertirse en “sociedad civil” autónoma y entrar definitivamente a participar en la esfera pública general.

En lo personal, lo más especial del artículo es que me permite retomar un tema al que le tengo un especial cariño, ya que fue el tema de mis primeros trabajos académicos, con un artículo también publicado en Migraciones, de vuelta a la misma temática en la misma revista, y que ha sido a menudo citado por las investigaciones realizadas hasta hoy:

Martín Pérez, A. (2004). Las asociaciones de inmigrantes en el debate sobre las nuevas formas de participación política y de ciudadanía: reflexiones sobre algunas experiencias en España. Migraciones, 15, 113-143.

La visibilización del excelente trabajo de Montse Ferrás, además de retomar un tema fundamental para comprender la inmigración y nuestra sociedad actual, me genera gran satisfacción, además de celebrar ese vínculo y diálogo que se establece entre lo analizado hace 15 años y el momento actual.

Esperamos que el nuevo artículo se convierta en un nuevo referente del estudio de las organizaciones de inmigrantes en España. Tiene potencial para conseguirlo.

viernes, 26 de abril de 2019

Artículo "El trabajo en tiempos de ciudadanía erosionada"

Martín Pérez, Alberto; Gutiérrez Sastre, Marta (2018): “El trabajo en tiempos de ciudadanía erosionada: la percepción de las clases medias urbanas”. Anuario IET de Trabajo y Relaciones Laborales, 5, 13-25. https://doi.org/10.5565/rev/aiet.61

Este artículo estudia los discursos sobre las transformaciones del trabajo en un contexto de erosión de la ciudadanía intensificada durante la crisis de la última década. Los discursos se han producido dentro de una serie de grupos de discusión integrados por diversos perfiles de individuos de clase media urbana. El análisis se centra en la valoración del cambio en la institución social del trabajo, en relación con otras cuestiones de integración social, como el vínculo entre los ciudadanos y el estado de bienestar y las dimensiones morales atribuidas a las formas actuales de participación social. Los resultados reflejan una percepción común de la situación como un cambio irreversible en las formas de hacer y vivir en sociedad. La crisis no se valora solo como un tiempo de pérdida puntual de empleo y de inestabilidad cíclica, sino como un estadio inicial de una nueva realidad guiada por la incertidumbre, la precariedad y la flexibilidad laboral, generalmente asumidas como parte de cambios definitivos en nuestro modelo de sociedad.

Los discursos producidos en los cinco grupos de discusión realizados en nuestra investigación reflejan la vivencia de los últimos cambios percibidos por parte de las clases medias en relación con la crisis y con aspectos centrales en el funcionamiento del mercado de trabajo, la potencialidad de la ciudadanía, la prevalencia de nuevos valores sociales y las posibilidades para la movilización.

Nuestro trabajo aporta un análisis complementario a los resultados obtenidos en investigaciones recientes: la repetición del término incertidumbre caracteriza los discursos de nuestros grupos de discusión, así como la orientación moral del discurso, por ejemplo, al percibir la crisis como catarsis para un cambio en la sociedad y en los comportamientos individuales. La conciencia de la precariedad y el temor al desclasamiento son ciertos en los discursos que hemos analizado, aunque no resulten de una experiencia personal directa. No obstante, en consonancia con la literatura anterior, habría sido de esperar una valoración más crítica con el modelo de sociedad hacia el que nos estaríamos dirigiendo que, en nuestro caso, solo se produce desde la posición muy particular del grupo formado por empleados y funcionarios públicos. Las mismas conclusiones se aplican en relación con la institución social del trabajo. Se refuerza así la idea de que entramos en un mundo de incertidumbre y precariedad en el que no se podrá esperar apenas nada de un Estado de “servicios básicos” y en el que el empleo deberá fiarse exclusivamente a la iniciativa y la capacidad de los individuos. Se asumen los postulados del “fundamentalismo de mercado” aunque, como hemos visto, aquí emerge una importante polarización, no solo de los discursos sino de las posiciones en toda la sociedad: las capas más acomodadas son las que ven con más optimismo sus posibilidades de adaptación al nuevo marco del trabajo frente a quienes, en este tiempo de crisis, han vivido directamente la experiencia del desempleo y la dificultad de reinserción laboral.

Artículo completo aquí

miércoles, 1 de marzo de 2017

Artículo "El concepto de ciudadanía en la obra de Dominique Schnapper"

Martín Pérez, A. (2016): “El concepto de ciudadanía en la obra de Dominique Schnapper: entre el tipo ideal sociológico y el ideal de sociedad democrática”, Política y Sociedad, 53 (1), pp. 101-121. http://dx.doi.org/10.5209/rev_POSO.2016.v53.n1.47511

Hace unos meses se publicó en Política y Sociedad mi artículo tiulado “El concepto de ciudadanía en la obra de Dominique Schnapper: entre el tipo ideal sociológico y el ideal de sociedad democrática”. En él analizo la evolución del concepto de ciudadanía en la obra de Dominique Schnapper como uno de los ejemplos más destacados en la sociología contemporánea de una aproximación global a la cuestión de la ciudadanía, tan dificil de definir empíricamente. Hago un recorrido exhaustivo por su obra, en un proceso investigador, en parte muy personal, cuyos inicios ya reflejé en el blog ampliamente hace un tiempo.

No solo como homenaje a la autora o ni siquiera como manera de difundir su obra en España y en el mundo hispanohablante, creo que el artículo profundiza en la comprensión de la tensión entre ciudadanía y democracia como principio regulador de las sociedades contemporáneas y fundador de la legitimidad política a pesar de sus múltiples cuestionamientos. Además de su comprensión, el artículo aporta una clara defensa de la ciudadanía como vínculo social fundamental de nuestras sociedades. Esta visión global de la cuestión no es habitual (lo corroboro después de años enfrascado en la cuestión y revisando la literatura que emerge sobre el tema) y siempre es necesaria. El siguiente paso deberá ser apoyarla, como hizo Dominique Schnapper a lo largo de su obra, en serias investigaciones empíricas. Estamos en ello.